50 años del Programa Nacional de Vacunación Infantil en el estado de Oaxaca.

 

Visión de un Salubrista


Con admiración y respeto a los pioneros,

hombres y mujeres salubristas de los SSO,

que dejaron una honda huella en aquel tiempo

en los anales de la Salud Pública de Oaxaca.

Siendo alumno de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, generación 1967-1971, la célebre Dra. Beatriz Anzures López fue mi profesora de Pediatría en 1970 en el Hospital General de México de la entonces Secretaría de Salubridad y Asistencia; recuerdo que en ese entonces escuché de sus labios por primera vez la existencia de las llamadas “enfermedades propias de la niñez”, al referirse a las que hoy se previenen con las acciones de vacunación, es decir, se consideraban en ese tiempo como algo normal e irremediable, pero dichos padecimientos era causa de una elevada cantidad de casos y defunciones, contribuyendo significativamente al exceso de la mortalidad en los menores de edad.

Pocos años después me enteré que en esa época la SSA ya tenía cierta experiencia en materia de vacunación infantil con la aplicación de los primeros biológicos en el periodo de 1955 a 1970, particularmente las dirigidas a la prevención de la poliomielitis (Salk), tuberculosis (BCG previo PPD), y los toxoides contra la difteria, tosferina y el tétanos, aunque las coberturas en el país no eran significativas. La situación se modificó cuando se creó el Programa Nacional de Vacunación con la aplicación simultánea de varios biológicos que incluían la vacuna oral Sabin, la DPT y la llamada triple viral contra el sarampión, parotiditis y rubeola. Actualmente el esquema de vacunación es muy amplio y no solo dirigido a la niñez.

En el período de 1973 a 1975 el Programa Nacional de Vacunación emprendido en la administración del presidente Luís Echeverría Álvarez, siendo titular de la SSA federal el Dr. Jorge Jiménez Cantú, tuvo un gran impacto en el estado de Oaxaca pues se vieron beneficiados casi un millón de niños en las ocho regiones naturales, alcanzándose una cobertura general del 73%. El éxito de esa primera vez obedeció a la organización que estableció el extinto Dr. Juan Cedeño Ferreira, jefe de los entonces Servicios Coordinados de Salud Pública en el estado quien involucró a elementos de su equipo de trabajo de la oficina central para hacerlos responsables de cada región previa capacitación y planeación conjunta de las actividades a desarrollar. Fui uno de ellos en el año de 1974, correspondiéndome la llamada región de la Cañada que incluía los distritos de Cuicatlán y Teotitlán en donde trabajé en las tres fases del programa: enero, marzo y mayo, comisionado 15 días en cada fase.

Las vacunas se aplicaron en todas las unidades de salud por el personal médico y de enfermería y también casa a casa por personal de las brigadas de contrato en cada uno de las cabeceras municipales y en sus agencias y rancherías. Resultó ser una gran experiencia, con jornadas agotadoras de lunes a sábado, de las seis de la mañana a las 20 horas en promedio cada día. Como coordinador en la región que se me asignó tuve que desarrollar las etapas del proceso administrativo una vez que recluté, contraté y capacité a los elementos que integraron las brigadas, dedicándome a planear las rutas a seguir cada día, proporcionarles su dotación de biológicos en sus respectivos termos con bolsas de congelantes e insumos complementarios, trasladar a cada brigada a su sitio de trabajo, volver con cada una de ellas para supervisarlas y no pocas veces apoyarlas en el proceso de vacunación, para recogerlas en orden al término de la jornada y trasladarlas a la sede de concentración de la información y, finalmente dar a conocer esta última, vía telefónica a la oficina central en la capital del estado. Otra función. Muy delicada por cierto, fue la pagarles sus honorarios a cada brigadista.

Otras dos regiones me fueron asignadas tiempo después: el Istmo, con sus distritos de Juchitán y Tehuantepec, y la Mixteca con sus distritos de Huajuapan, Nochixtlán, Juxtlahuaca, Silacayoapan, Teposcolula, Yolomécatl, Tlaxiaco y Putla. En esa campaña me acompañó el entusiasta Dr. Fidel Alejandro Cruz Ramírez cuando se vacunó su distrito aplicando los biológicos casa por casa entre lomeríos al lado del personal de contrato. En las tres comisiones lo hice trasladándome en diversos vehículos oficiales pero sobre todo a pie en jornadas que incluyeron caminos de terracería, brechas y pesadas pendientes. Dos décadas después las coberturas de vacunación llegaron a alcanzar en nuestro estado un promedio del 95%. Fue la época de oro de ese noble programa que se convirtió en un modelo a nivel mundial. Hoy estamos lejos de esos grandes logros.





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